El infierno que Truman desató para «salvar miles de vidas»

Nicolás Maquiavelo, el filósofo y diplomático florentino, nunca llegó a pronunciar aquella cita de que «el fin justifica los medios». Pero sí lo hizo Harry S. Truman, trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos, cuando dijo una frase casi idéntica tres días después del lanzamiento de la bomba atómica sobre Nagasaki: «La usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes».

El debate sobre la licitud de salvar miles de vidas estadounidense y precipitar el final de la Segunda Guerra Mundial a costa de matar a cerca de 150.000 japoneses persigue desde entonces a EE.UU., el único país del mundo que ha usado armas nucleares contra la población civil. Tras la toma de Berlín en mayo de 1945, la última herida abierta de un conflicto que destapó los mayores horrores humanos estaba en la guerra entre Japón y EE.UU. La contienda en el Pacífico, marcada por el odio racial y el fanatismo japonés, alcanzó cotas terroríficas incluso para la II Guerra Mundial.

Ninguno de los dos bandos acostumbraba a hacer prisioneros y el acopio de trofeos necrofílicos, calaveras y dientes sobre todo, se convirtió en una aterradora diversión. Cada pequeño avance americano por el Pacífico se saldó en ese último año con una cifra insostenible de bajas frente a un ejército, el japonés, que parecía dispuesto a inmolarse antes de rendirse. Conquistar las cenizas y detritos volcánicos de Iwo Jima costó a los Aliados la vida de 6.821 marines y 20.000 heridos. De los 21.000 defensores japoneses apenas sobrevivió un puñado. La isla de Okinawa, guarnecida por 71.000 soldados, fue desalojada metro a metro a un precio de 65.631 bajas norteamericanas. Un marine, testigo del horror, lo sintetizó así: «Te mandan a un sitio… y el tiroteo es infernal… Pero luego vuelven a enviarte allí y te matan. ¡Dios!, o estás allí hasta que mueres, o no eres capaz de aguantarlo».

El enorme número de vidas por tomar islas aisladas plagó de dudas la operación «Olympic», que planeaba el 1 de noviembre una invasión masiva sobre Japón con el doble de recursos que en el Día-D. Para el historiador Williamson A. Murray, coautor de «Historia de la guerra» (Akal), «el número de bajas causado por esta operación hubiera sido demoledor y solo los avances científicos [la bomba nuclear] lo pudieron evitar».

Pese a que el país se encontraba totalmente aislado, con su flota hundida, su fuerza aérea neutralizada y su economía asfixiada, el alto mando japonés seguía aparentemente poco interesado en concluir la lucha y prefería buscar el final más honorable para sus oficiales. Fue ante esta encrucijada cuando Harry S. Truman autorizó el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre territorio japonés.

Solo unos días después de las explosiones, el emperador Hirohito intervino para poner fin al obstinamiento suicida de sus consejeros. Según afirmó Koichi Kido, asesor del emperador, «la bomba atómica nos ayudó a los partidarios de la paz en nuestro empeño de acabar la guerra». El 2 de septiembre representantes del Gobierno japonés firmaron la rendición en la cubierta del Missouri.

La justificación oficial de EE.UU. para arrasar Hiroshima y Nagasaki se enfrenta, sin embargo, a datos contradictorios. Por un lado, y así lo reconoce Murray, la guerra ya estaba ganada a principios de ese verano al margen de lo que hiciera Japón, cuyo aislamiento e incapacidad para producir armas le resignaban a elegir hasta cuándo iba a alargar la resistencia.

Para la invasión de Japón, EE.UU. podría contar en semanas con el apoyo de las tropas soviéticas, mientras que la potencia asiática tenía en ese momento al grueso de su ejército en la Manchuria ocupada y el transporte de estas tropas a Japón era una tarea casi imposible ahora que el ejército rojo se preparaba para morder a su presa. Harry Hopkins, emisario de la Casa Blanca con Stalin, comunicó a Washington que «los japoneses están condenados, y lo saben».

El abanico de posibilidades era mayor de lo que el discurso de Truman quiso reflejar. «Las pruebas obtenidas por la actual investigación demuestran que se podrían haber seguido otras opciones sin recurrir a la invasión, y que la guerra podría haber acabado en noviembre», escribió el historiador Barton Bernstein, de Stanford, en «La reconsideración de las bombas atómicas», publicado en el 50º aniversario de la tragedia.

El propio Dwight Eisenhower, entonces máximo comandante de las fuerzas en Europa y eventual sucesor de Truman, reconocería años después que «los japoneses estaban listos para rendirse y no hacía falta golpearlos con esa cosa horrible».

La amenaza soviética

Hoy incluso hay dudas sobre la influencia directa de las bombas en la decisión japonesa. Ni el alto mando ni el emperador se habían conmovido con bombardeos tan devastadores como el de Tokio (83.000 muertos).

Un factor tanto o más influyente para inclinar al emperador a mover ficha fue que, dos días después de la bomba sobre Hiroshima, la URSS atacó a los japoneses en Manchukuo y Mengjiang. En menos de dos semanas, el ejército japonés en la zona, cerca de un millón de hombres, fue borrado del mapa.

No hay duda de que la decisión de Truman y la respuesta de Hirohito estuvieron condicionadas por la inminente Guerra Fría. EE.UU. no había sacrificado a tantos hombres para que, en el tiempo de prolongación, Stalin se metiera por medio en el nuevo orden del Pacífico. Cada día que se alargara el conflicto eran kilómetros que los soviéticos conquistaban con voracidad. Truman e Hirohito compartían el miedo a que un régimen comunista aterrizara en Japón.

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Fuente: ABC